Habitando nuestro cuerpo

Escrito el 24 / 03 / 2009
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Me levanto a la mañana y pienso: “¡Otra vez yo!â€
¡Y sí!, cada día convivo conmigo en este único y preciado cuerpo que es mi hogar.
Él guarda en la memoria toda mi historia, emociones, experiencias, sensaciones, imágenes, contactos.

Para reflexionar juntos nos propongo pensar lo siguiente:
¿Cuándo registro y reconozco mi cuerpo?
¿Cuáles son las sensaciones que hacen que le preste atención?
En mi experiencia, llegamos a tener registro a causa de una molestia, dolor o incomodidad. Son estas las señales que nos llevan a escuchar y reconocer que nuestro cuerpo necesita algo, que algo no anda bien.
Entonces comenzamos la tediosa búsqueda de la “soluciónâ€, aquello que nos salve de estas sensaciones que no deseamos, que nos limitan e incomodan.
Acudimos a los distintos profesionales, a las diversas propuestas para “sentirse bienâ€.

La vida diaria, sin embargo, nos ofrece miles de oportunidades para practicar, ensayar y transformar aquellos hábitos que  poco a poco nos fueron conduciendo a las malas posturas, tensiones excesivas, esfuerzos innecesarios y demás.
Cambiar estos hábitos implica ante todo un darse cuenta, tomar conciencia, registrar lo que ya no nos sirve y nos afecta negativamente. Ese es el primer paso para poder iniciar un cambio, que no es poco, ni tampoco es sencillo, pero se adquiere. Basta con permanecer en el deseo de cambiar el displacer por el placer, el dolor por el goce, el “ya no puedo†por el “voy a intentarloâ€.
Necesitamos ampliar las opciones, generar más espacio y sobre todo mucho amor y paciencia.
Hoy en día es fácil encontrar disciplinas que nos orienten hacia el aprendizaje de mejores hábitos para la vida cotidiana: como pararme mejor, hacer las actividades diarias con menos esfuerzo, reciclar la energía, escuchar y descubrir mis propios ritmos, los momentos para el hacer y los momentos para aquietar.
Tal vez no se trata de hacer menos, sino de aprender a usar nuestra energía de otro modo. Cuantas veces me sorprendo cocinando mientras hablo por teléfono y le abrocho el guardapolvo a mi hijo. ¿Y si convierto esta simultaneidad en una secuencia?
Una cosa por vez, y toda mi atención y mi energía se enfocan.
¿Cuántos dolores y tensiones podría evitar si me detengo, respiro profundo y descanso 20 minutos en una posición cómoda y sencilla sobre el suelo?

Habitualmente ordenamos y limpiamos nuestra casa, acomodamos cada habitación, ventilando y embelleciendo los rincones. Esto implica que hubo un tiempo de desorden, de movimiento. Una casa habitada, viva.
¿Y si actuamos del mismo modo con nuestro cuerpo?
Luego de un día intenso de actividad, nos tomamos un descanso, nos damos un baño, nos aquietamos, reciclando nuestra energía, oxigenándonos y alimentándonos.
Todos alguna vez sentimos ese enorme placer de zambullirnos en la cama luego de un día agitado, y disfrutamos de desperezarnos en la mañana luego de un buen descanso.
El cuerpo sabe lo que necesita, es cuestión de escucharlo y preguntarle, darle la oportunidad. Y si no responde es porque estuvo tanto tiempo exigido que se olvidó de lo que le hace bien y se formó un montón de hábitos para sobrevivir a las presiones que le imponemos.
Otro factor determinante son los modelos corporales con los que convivimos durante nuestro crecimiento. Fuimos imitando y tomando sus posturas, gestos y hábitos. Y esto forma parte de los que nos moldeó.
La tarea, entonces, consiste en redescubrir el verdadero molde, aquel que subyace a nuestra postura actual, conformada a través del tiempo y como consecuencia de nuestro modo de usar el cuerpo, de habitarlo en función de los requerimientos internos y externos.
Recordar…
Escuchar…
Reconectarnos con la salud, ese potencial inherente a cada ser, ese manantial inagotable cuya fuente de bienestar espera ser encontrada a cada instante.

…Y es una práctica, como cepillarnos los dientes, cuanto más seguido lo hacemos, se vuelve más sencillo y más eficiente.

Gabriela Entin

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